jueves, diciembre 23, 2004

El Debilucho

Abrió el único ojo que le quedaba útil y la imagen de su entrenador escupiendo gritos de furia le hizo sospechar donde estaba y qué era lo que estaba pasando. Podía sentir como el suelo frío del cuadrilátero hacía contacto con sus mejillas amoratadas, llenas de sangre y sudor. No le era fácil distinguir más allá del área en la que estaba tendido: su párpado izquierdo caía sobre su ojo de lo hinchado. Desde arriba, la luz le llegaba directamente al lado izquierdo de la cara y, en la lejanía, los gritos del público no hacían más que aumentar el fuerte dolor de cabeza que estaba sintiendo.

Intentó mover un brazo, pero un golpe de corriente en cada uno de sus músculos lo hizo desistir. Seguramente su rival le había pegado continuamente en sus extremidades para inhabilitarlo desde un principio y luego asestarle el golpe final.
Sintió un fuerte estruendo a su derecha.

-Empezó, el árbitro está contando.

Miró a su derecha y nuevamente vio a su entrenador gritando. Lo conocía desde hacía años y podía distinguir en él esa mirada que reflejaba una intensa reprobación. Debía pararse. No podía perder así de fácil.

-Una final de campeonato no se pierde en el primer asalto: "No, eso es de debiluchos."

Desafiando el intenso dolor que le provocaba mover alguno de sus músculos, se apoyó en su brazo derecho para luego quedar casi en cuclillas. Extendió el brazo izquierdo con la intención de sostenerse en alguna de las cuerdas y luego ponerse de pie, pero lo único que encontró fueron las piernas de su rival. Estaba parado justo a su lado y cuando sus manos hicieron contacto con él, este las apartó con un leve empujón. Le aterró pensar que pudiera dañarlo, estando así de vulnerable a sus pies.

"No me va a pegar si no estoy parado", pensó. "No, eso es de debiluchos."

Su nariz crujió tras el impacto y volvió a caer de espaldas al suelo. El golpe había sido lo suficientemente fuerte para dejarlo inmóvil una segunda vez. La sangre brotaba en todas direcciones cegándolo completamente.
Aún no perdía el conocimiento a pesar del intenso malestar que recorría su cuerpo.

-Si no pienso en el dolor, va a desaparecer.

No podía perder. De alguna forma debía levantarse y resistir hasta el final del asalto. Durante el descanso se repondría y con el cuerpo renovado daría vuelta la pelea, pero tenía que aguantar hasta que sonara la campana.

Levantó su cabeza y pudo ver como la mano del árbitro se alzaba y caía estrepitosamente una y otra vez marcando el compás de la cuenta.

Recordó los entrenamientos, los gritos de su entrenador. Él siempre le había enseñado a no caer. A aguantar y no dejarse ganar por nadie.

-Es de debiluchos estar en el suelo, decía- Los ganadores están siempre parados. Siempre de pie. Los debiluchos viven en el suelo.

Apretó los dientes y se reintegró. La sangre de su nariz caía manchando el suelo y a medida que se levantaba, caía también sobre su pecho y sus pantalones. Con los nudillos rotos se apoyó en el piso, y se reincorporó. Distinguía apenas la figura del árbitro y más atrás, la de su rival.

Esta vez, aguantaría hasta que la campana sonara.

Los gritos cesaron y el árbitro se acercó para preguntarle si podía seguir peleando. Lo apartó son su brazo asintiendo apenas. La imagen de su rival se hizo difusa y un grito arengándolo vino desde su espalda. Miró y, a pesar de que la sangre llenaba su cara y que sus párpados estaban hinchadísimos; pudo ver con claridad como los ojos de su entrenador, quien hacía unos segundos lo impulsaba a la victoria, se llenaban de terror.

Se giró y sintió como los nudillos húmedos de su rival se insertaban en su ojo derecho, levantándolo del suelo y preparándolo para un estrepitoso impacto.

Mientras caía, miró a su entrenador y pensó si en las ligas de boxeo legítimas admitirían debiluchos.

Por Francisco Toledo



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